Anoche, noche de jueves, el plan era quedarme en casa tranquilamente. Pero tras la triste noticia del día, decidí salir con un amigo a despedir al camarero del sombrero con risas. Y así acabamos de nuevo en el Nunca Jamás Rock'n'Roll Bar de Valladolid, donde tocaban Alex Serra y Kike Marcos. Los planes improvisados suelen caracterizarse por ser los mejores, y allí nos plantamos sin planear y sin saber qué nos íbamos a encontrar.
Tras un rato en el bar, vimos que iba a ser un concierto íntimo, los mejores para mi gusto. Iba a ser una noche para disfrutar. Con una cerveza en la mano, fuimos a sentarnos en primera fila para no perder ni el más mínimo detalle, y empezó lo bonito.

En el escenario, un chico de apariencia tímida y voz dulce. Alex Serra. Sólo una voz y una guitarra para cantar y contar historias y sueños. El gato negro dejó de maullar para escuchar, siguiendo la música como los pasos de un tango que suena tan familiar aún cuando se escucha por primera vez. Las cuerdas se movían guiadas por un hábil malabarista que volcaba sus sentimientos en cada canción, pasando del rock a la bossa nova, y lanzándose a versionar a grandes clásicos como The Beatles y Elvis Presley. Tras ellos, Alex nos trajo un invierno escrito en verano, de esos que vienen sin frío y sólo dejan bellas postales para el recuerdo, un invierno con aires de verano para cerrar esa primera parte y dar paso a Kike Marcos, cuya guitarra ya esperaba en el escenario.

Si te digo que no haces más
que rondarme la cabeza...
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